Una noche que revolucionó mi vida

¿No les ha pasado que llega el viernes y no tienen nada que hacer? Pues el viernes pasado yo estaba igual; pero no les escribo para quejarme, sino para contarles lo que me pasó con Sixtynite…

Resulta que estaba en mi recámara de lo más aburrida jugando un rato con el Smartphone… nadie me escribía, nadie se acordaba de mí. Estaba segura de que todo el mundo andaba de fiesta mientras que yo me consumía en la soledad de mi recámara, cuando me acordé que, en la mañana, Sebastián, el compañero más guapo de mi oficina, me había dado, como no queriendo su número (que para ponernos de acuerdo con la planeación mensual… ahám…) La verdad es que siempre me ha visto con ojitos coquetos; y yo no podía pasar por alto que era un hombre muy muy atractivo. Alto, delgado, de barba cerrada, moreno claro y muy atlético…

Con el pretexto de organizar los pendientes del lunes, le mandé un whats; lo que me encantó es que no se tardó ni tres segundos en responder mi mensaje. Después de un par de líneas, se le ocurrió invitarme a tomar un café. Y como era viernes, por la noche, obvio le dije que sí.

Nos quedamos de ver muy cerca de mi casa y echamos cafecito muy a gusto. Sebas llevaba una loción que olía delicioso, y poco a poquito me fui acercando a él. La conversación comenzó a tomar un rumbo muy interesante, cuando me dijo que a él también le gustaba mi perfume y acercó su cara a mi cuello, “para checar mejor el aroma” … se me puso la piel chinita y no me pude aguantar las ganas de darle un beso… ese beso que me había estado saboreando toda la noche… lo mejor fue que él me lo contestó, su lengua jugando en mi boca, acariciando mis labios… no podíamos dejar de besarnos. Pero entonces recordamos que estábamos en una cafetería y como que la gente ya comenzaba a notar nuestra “cercanía”. Sebastián tuvo que haber adivinado mis pensamientos, porque entonces me dijo: “Nena, ¿no te gustaría que fuéramos a otro lugar?”

Para mi buenísima fortuna, recién había descargado su app y me moría de ganas por usarla; abrí mi sesión, busqué un hotel cerca de donde estábamos, y la mejor opción fue el Hotel Revolución. Sebastián sonrió y nos lanzamos a disfrutar.

Supe que era mi momento para seducir a Sebas… no se me iba a ir vivo…  hice que se sentara frente a mí. Él sólo me observaba, sonreía como nunca y, bueno, se notaba que ya estaba súper prendido… ya saben de qué hablo. Poco a poco me fui quitando la ropa, y Sebas la levantaba del suelo para olerla. ¡Súper sensual! Me quedé en ropa interior y entonces él se levantó de la cama, caminó hacia mí; me dio un beso francés exquisito, y sin decir más, me tomó por el cabello e hizo que me pusiera de rodillas ante él.

Bajó la bragueta de su pantalón y dejó que mi mano liberara ese enorme, de verdad enorme e irresistible miembro. Comencé a lamerlo de arriba abajo; palpitaba, estaba durísimo… lo deseaba tanto. Lo comí un par de veces; él estaba disfrutando y yo me humedecía cada vez más. El momento era perfecto. Mientras lo saboreaba entero, Sebastián comenzó a quitarse la ropa. Se notaba que hacía ejercicio; sus muslos tan marcados; sus nalgas, su abdomen… ¡Todo un sueño!

Sebastián me volvió a tomar firme por el cabello; con todo dominio pero con mucha suavidad; se sentó sobre el potro, y me pidió que me sentara sobre él; aún no quería penetrarme… me observó por unos segundos; me mordió el cuello, lamió mis pezones; acariciaba mi torso con esas manos tan masculinas… fue cuando me empujó hacia atrás… con su lengua lamió desde mi cuello hasta mi ombligo, y cuando estuvo entre mis piernas, juro que casi grito de placer… era de verdad toda una delicia. Podía escucharlo gemir un poco, él estaba disfrutando… y bueno… Yo estaba en la gloria.

Con un ágil movimiento, se inclinó sobre mí, y entonces fue como si una descarga eléctrica me recorriera entera. Estaba dentro de mí. Su fuerte miembro entre mis piernas me hacía vibrar. Se movía dentro, luego fuera. Su cuerpo tibio frotándose contra el mío, sus manos acariciando mi piel; mordiendo mis pechos, tirando de mi cabello. “¿Te gusta?” me preguntaba. “¿Así te gusta?” ¡Por supuesto que me gustaba! ¿Quién diría que además de guapo era todo un maestro?

No quería que ese momento se terminara. Le pedí que se detuviera un poco. “Lo que tú me digas”… entonces me di la vuelta para quedar de espaldas a él. Quería que me tomara con fuerza; no tuve que decirle nada, porque apenas estuve en posición, Sebastián volvió a penetrarme con ansias locas. Abrazó mi cintura, comenzó a susurrarme al oído: “Me encantas, me encantas… eres una delicia” Su voz me excitaba aún más. “Qué rica estás, nena” seguía diciendo mientras empujaba toda esa ricura dentro de mí. El ritmo era suave, cadencioso; se estaba tomando su tiempo para disfrutarme, y que yo lo disfrutara también. Pude sentir esa firmeza cada vez más; dentro de mí, estremeciéndome entera, haciéndome gozar… su respiración comenzaba a entrecortarse, sus manos apretaban fuerte mis pechos; me besaba frenéticamente el cuello, la espalda… y comenzó a moverse más rápido; sostenía mis nalgas para controlar la velocidad; “Así, nena, así… así… qué rico te mueves” decía sin parar; su voz erizaba mi piel; “¿Te gusta cómo te lo hago?...”, “Sí, me encanta”…Vibrábamos bajo la misma frecuencia, estábamos conectados, y a un paso de alcanzar el clímax, cuando me dijo muy despacio, al oído… “Vas a terminar conmigo, nena”… apenas terminó de pronunciar esas palabras, mi cuerpo entero se llenó de cosquillas desde la nuca hasta la punta de  los pies; tuve que cerrar los ojos, morder mis labios, sus dedos acariciaban mi humedad; era todo un conjunto de luces y sabores… y él… explotando dentro de mí.

Tan dulce, tan fuerte… tan increíblemente único… con los ojos cerrados de placer, Sebastián tiró la cabeza hacia atrás y se recargó contra el respaldo del potro, haciendo que yo reposara sobre él… poco a poco el ritmo de su corazón comenzó a tranquilizarse; y mientras despertábamos de ese sueño, acariciaba dulcemente mi rostro… ¡No lo podía creer! ¡Era sencillamente delicioso!...

Por supuesto, ahora todos los viernes nos reunimos para planear la semana de labores; en la oficina nadie sabe nuestro secreto, pero, ¿saben qué? ¡Mejor así!... y, por cierto: ¡Muchas gracias Sixtynite!

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