CLASES PRIVADAS EN MOTEL VP VINTAGE

Cada vez que la veía por los pasillos de la universidad, sentía como una bestia salvaje se apoderaba de mi interior y me daban ganas de arrancarle las bragas al primer intento. Angélica era mi maestra de literatura y recuerdo con gran alegría su clase, pues tenía un par de razones por las que yo suspiraba en cada turno con ella.

 

La conocí cuando cursaba el segundo semestre de la carrera. Al principio todo era normal, entraba a su clase, miraba sus tetas y nalgas y llegaba a casa para masturbarme pensando en cómo sería estar con ella.

 

Así transcurrieron 5 semestres. Ella sabía que me volvía loco, pues cuando entregaba mis trabajos siempre me daba notas extras que presumía con mis compañeros de la universidad. Al principio ellos se reían de mí, pero cuando todo comenzó, las cosas cambiaron.

 

Una tarde, al salir de clases, Angélica me pidió quedarme unos minutos con ella. Yo estaba súper nervioso porque no sabía si serían noticias buenas o malas. Al principio la platica fue completamente escolar, me preguntó sobre si sabía lo que pensaba hacer al salir de la uni, pues ella aseguraba que era muy bueno escribiendo. Después pasamos a hablar sobre mis autores preferidos y ella me comento que le encantaban mis relatos eróticos; en ese momento, la plática cambió por completo.

Yo había escrito una historia sobre una maestra que se enamoraba de su alumno y lo convertía en su esclavo sexual. Ella me comentó que esa novela le causó muchos sentimientos, al grado de darle ganas de recrear lo que en la novela escribí.

 

Yo, nada tonto, me ofrecí para recrear aquel relato. Seguíamos en el salón de clases y me pidió cerrar la puerta y atorarla con una silla. Se levantó del escritorio y se soltó el cabello. Me dijo que si me sentía cómodo en la escuela o quería ir a un hotel. Le dije que conocía un lugar acogedor muy cerca de la escuela y fue así como llegamos al MOTEL VP VINTAGE.

 

Entramos en su camioneta y pedimos una villa.

 

Al subir por las escaleras iba mirando sus nalgas y solamente pasaba por mi cabeza ese momento en el que pudiera tener entre mis manos aquel manjar.

 

Encendimos las luces de la habitación y ella comenzó a besarme como una desesperada. Mientras besaba mi cuello decía en voz baja “tenía tantas ganas de cogerte, de que esto pasara”. Yo estaba completamente enmudecido, pues aquello que tanto había soñado, por fin lo tenía frente a mí.

 

Me arrancó la camisa, me desabrocho el cinturón y me bajó el pantalón con todo y la ropa interior. Recuerdo bien que me beso el ombligo y después tomó mi pene como si se tratara de una paleta o un gran caramelo. Comenzó a chupar y a masturbarme mientras me miraba con cara de lujuria.

 

De pronto se detuvo y caminó a poner música, pues la habitación estaba acondicionada para conectar tu celular. Recuerdo que sonaba “Me and Mrs. Jones” y Angélica comenzó a desnudarse frente a mí como una bailarina profesional. Se quito la blusa y después los jeans apretados que traía. Estoy seguro de que ella sabía que esa tarde cogería, pues llevaba puesto un conjunto de encaje súper sexy y pequeño.

Terminó la canción y se acercó a mí. En ese momento no tenía palabras para expresarme. Se montó sobre mi, hizo de lado su tanga y se encajó mi miembro en su ser… Se arrancó el brasier y comenzamos a coger como dos animales en celo: primero ella me montó, después hicimos misionero, sillita y perrito, fue en ese momento cuando sentí venir la explosión y me pidió terminar en su boca.

Era un sueño hecho realidad, la mujer que había deseado durante varios años, por fin me había dado lo que siempre quise.

 

Terminamos y lo hicimos un par de veces más. Salimos del hotel, ya eran las 8:00 de la noche y me dio un aventón a mi casa. En el camino no tocamos el tema. Me preguntó si tenía hambre y me invitó a cenar en un Vips que está sobre Insurgentes. Al terminar cumplió su promesa y me llevó hasta mi casa. Al bajar me pidió no contarle a nadie sobre lo sucedido y mencionó que le gustaría seguir viéndome a pesar de ya no ser su alumno. Obviamente yo acepté y le juré no decir una sola palabra de lo sucedido, pues “EL QUE COME CALLADO, COME LAS VECES QUE QUIERE”.

 

A partir de ese momento sigo yendo a clases de literatura, pues su piel se ha convertido en mi mejor libro y mi miembro en la pluma que ha escrito sobre ella grandes historias.

 

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